Lo nuevo en la Liga Distributista

jueves, 26 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (VI)

Comenzamos a analizar la asombrosa afirmación de Satán ante Jesús al hablar del poder y la gloria del mundo: "A mí me ha sido entregada". Según Straubinger se trataría de la mundanidad, del mundo que odia a Cristo, del cual Satanás es su príncipe. De la mano de Canals Vidal, repasamos el sentido bíblico del término mundo, del que Nuestro Señor nos manda cuidarnos y apartarnos. Expusimos la tesis de Castellani acerca de la forma en que el Diablo ejerce su principado sobre este mundo. Y volvimos a Canals para revisar el paradigma o modelo en las Escrituras de la ciudad mundana: Babilonia.

En este momento quisiera agregar algunos párrafos del antropólogo René Girard acerca de la forma social en que el Demonio ejerce su poder, de si algo ha cambiado con la Pasión de Cristo y de cómo va desarrollándose ese mecanismo desde entonces.

“[Cristo] cancelando el documento desfavorable para nosotros por sus prescripciones, lo quitó de en medio clavándolo a la Cruz; por ella, después de despojar a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, llevándolos en el cortejo triunfal.” (Colosenses 2, 14-15)

El documento desfavorable para los hombres es la acusación contra la víctima inocente en los mitos. Hacer responsables a los principados y potestades es lo mismo que culpar a Satán de su papel de acusador público, como ya he dicho.

Antes de Cristo la acusación satánica resultaba siempre victoriosa gracias al contagio violento que encerraba a los hombres en los sistemas mítico-rituales. La crucifixión reduce la mitología a la impotencia al revelar ese contagio que, por su gran eficacia en los mitos, impide siempre a las comunidades descubrir la verdad, es decir, la inocencia de sus víctimas.

Una acusación que calmaba temporalmente la violencia de los hombres, pero que “se volvía” contra ellos porque los esclavizaba a Satán, o, dicho de otra forma, a los principados y potestades con sus dioses mentirosos y sus sangrientos sacrificios.

Al hacer manifiesta su inocencia en los relatos de la Pasión, Jesús ha “anulado” esta deuda, la ha “suprimido”. Es él quien clava entonces esa acusación en la Cruz, o, dicho con otras palabras, quien revela su falsedad. Mientras que, habitualmente, es la acusación lo que clava a la víctima en la Cruz, en este caso, al contrario, la clavada es la propia acusación, en alguna medida exhibida y públicamente expuesta como mentirosa. La Cruz hace triunfar la verdad, puesto que, en los relatos evangélicos, se revela la falsedad de la acusación, se revela la impostura de Satán, lo que es lo mismo que decir la impostura de los principados y potestades, para siempre desacreditada en la estela de la crucifixión. Se rehabilita así a todas la víctimas al mismo tiempo.

[…]

Al clavar a Cristo en la Cruz, las potestades se imaginaban que estaban haciendo lo que habitualmente hacen —desencadenar el mecanismo victimario—, y que de esa forma evitaban la amenaza de una revelación, sin pensar siquiera que, a fin de cuentas, al actuar así hacían todo lo contrario: trabajaban por su propio aniquilamiento clavándose, en alguna medida, a sí mismas en la Cruz, cuyo poder revelador no sospechaban.

Al privar al mecanismo victimario de las tinieblas de que necesita rodearse para poder gobernarlo todo, la Cruz transforma radicalmente el mundo. Su luz priva a Satán de su principal poder, el de expulsar a Satán. Una vez iluminado en su totalidad por la Cruz, ese sol negro no podrá ya limitar su capacidad de destrucción. Satán destruirá su reino y se destruirá a sí mismo.

Comprender esto es comprender por qué Pablo considera a la Cruz como fuente de todo saber tanto sobre el mundo y sobre los hombres como sobre Dios. Cuando Pablo afirma que no quiere conocer nada fuera de Cristo crucificado, no está haciendo “anti-intelecutalismo”. No muestra con ello ningún desprecio por el conocimiento. Cree literalmente que no hay saber superior al de Cristo crucificado. Al adoptar esta posición se sabrá, a la vez, más sobre Dios y los hombres de lo que pueda saberse con arreglo a cualquier otra fuente de saber.

[…]

En la Primera Epístola a los Corintios, Pablo escribe: “Ninguno de los jefes de este mundo la conoció [la sabiduría de Dios], pues si la hubiera conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Corintios 2, 8).

“Los jefes de este mundo”, que son aquí la misma cosa que Satán, han crucificado al Señor de la gloria porque esperaban de esa crucifixión ciertos resultados favorables a sus intereses. Contaban con que el mecanismo funcionaría como de costumbre, al abrigo de las miradas indiscretas, y se librarían así de Jesús y su mensaje. Al principio tenían excelentes razones para pensar que todo les saldría bien.

[…]

Hasta la Resurrección nada permitía prever que se trastocara un apasionamiento mimético al que los propios discípulos habían ya sucumbido. Los príncipes de este mundo podían frotarse las manos, y, sin embargo, a fin de cuentas, sus cálculos fueron desbaratados. En lugar de escamotear una vez más el secreto del mecanismo victimario, los cuatro relatos de la Pasión lo propagan por los cuatro rincones del mundo y le dan una gigantesca publicidad.

[…]

Si Dios permitió a Satán reinar durante cierto tiempo sobre la humanidad, es porque sabía de antemano que, llegado el momento, con su muerte en la Cruz, Cristo acabaría con ese adversario. La sabiduría divina había previsto desde siempre que el mecanismo victimario sería vuelto al revés como un guante, mostrado al mundo, desenmascarado y desactivado, en los relatos de la Pasión, y que ni Satán ni las potestades podrían impedir esa revelación.

Un inexorable avance histórico de la verdad cristiana se está dando en nuestro mundo. Algo, paradójicamente, inseparable del aparente debilitamiento del cristianismo. Cuanto más asedia el cristianismo a nuestro mundo, en el sentido en que asedia al último Nietzsche, más difícil resulta escapar de él mediante medios relativamente anodinos, mediante compromisos “humanistas” al modo de nuestro venerables positivistas.

Para eludir su propio descubrimiento y defender la violencia mitológica, Nietzsche tiene que justificar el sacrificio humano, lo que no duda en hacer, recurriendo para ello a argumentos monstruosos. Sobrepasa el peor darwinismo social. So pena de degenerar, afirma, las sociedades tienen que librarse de los derechos humanos que les estorban:

“El cristianismo ha tomado tan en serio al individuo, lo ha planteado tan bien como un absoluto, que no podía ya sacrificarlo; pero la especie sólo sobrevive mediante los sacrificios humanos… La verdadera filantropía exige el sacrificio por el bien de la especie; la verdadera filantropía es dura, se obliga al dominio de sí misma, porque necesita del sacrificio humano. ¡Y esta pseudo-humanidad llamada cristianismo quiere imponernos precisamente que no se sacrifique a nadie.”

[…]

… El movimiento anticristiano más poderoso es el que reasume y “radicaliza” esa preocupación [por las víctimas] para paganizarla. Las potestades y los principados pretenden ahora ser “revolucionarios” reprochando al cristianismo no defender a las víctimas con suficiente vehemencia y sin ver en el pasado cristiano otra cosa que persecuciones, opresiones, inquisiciones.

Este otro totalitarismo se presenta como liberador de la humanidad. Para usurpar el lugar de Cristo, las potestades lo imitan emulativamente, denunciando en la preocupación cristiana por las víctimas una hipócrita y pálida imitación de la auténtica cruzada contra la opresión y la persecución, de la que ellas serían punta de lanza.

Utilizando el lenguaje simbólico del Nuevo Testamento cabe decir que, para intentar restablecerse y triunfar de nuevo, Satán adopta el lenguaje de las víctimas. Imita a Cristo cada vez mejor y pretende superarlo. Una imitación usurpadora presente ya desde hace mucho tiempo en el mundo cristianizado, pero que en nuestra época se refuerza enormemente. Es el proceso rememorado por el Nuevo Testamente en el lenguaje del Anticristo. Un término que, para comprenderlo, hay que desdramatizar primero, puesto que corresponde a una realidad muy cotidiana y prosaica.

El Anticristo pretende aportar a los hombres esa paz y tolerancia que el cristianismo les promete, pero que no les trae. Sin embargo, en realidad, lo que la radicalización de la victimología contemporánea aporta es un muy efectivo regreso a todo tipo de costumbres paganas: el aborto, la eutanasia, la indiferenciación sexual, juegos de manos innumerables, aunque sin víctimas reales gracias a las simulaciones electrónicas.

El neopaganismo quiere convertir el decálogo y toda la moral judeocristiana en una intolerable violencia. Y su completa eliminación constituye el primero de sus objetivos. La fiel observancia de la ley moral es considerada como una complicidad con las fuerzas persecutorias, que, esencialmente, serían religiosas.

[…]

Un neopaganismo para el que la felicidad consiste en la ilimitada satisfacción de los deseos y, por tanto, en la supresión de todas las prohibiciones. Idea que adquiere cierto tinte de verosimilitud en el limitado ámbito de los bienes de consumo, cuya prodigiosa multiplicación, efecto del progreso técnico, atenúa ciertas rivalidades miméticas y confiere una apariencia de plausibilidad a la tesis según la cual toda ley moral no es más que un puro instrumento de represión y persecución.

Al revelar el secreto del Príncipe de este mundo, al desvelar la verdad de los apasionamientos miméticos y los mecanismos victimarios, los relatos de la Pasión subvierten el origen del orden humano. Las tinieblas de Satán no son ya lo bastante espesas para disimular la inocencia de las víctimas que, por eso mismo, resultan cada vez menos catárticas. Ya no es posible “purgar” o “purificar” verdaderamente a las comunidades de su violencia.

Satán no puede ya expulsar sus propios desórdenes basándose en el mecanismo victimario. Satán no puede ya expulsar a Satán. De lo que no hay que deducir que los hombres se vean por ello inmediatamente liberados de su hoy decaído príncipe.

En el Evangelio de Lucas, Cristo ve a Satán “caer del cielo como el relámpago”. Es evidente que cae sobre la tierra y que no permanecerá inactivo. Lo que Jesús anuncia no es el fin inmediato de Satán, o, al menos, todavía no, sino el fin de su mentirosa trascendencia, de su poder de restablecer el orden.

Para expresar las consecuencias de la revelación cristiana, el Nuevo Testamento dispone de toda una serie de metáforas. De Satán cabe decir, repito, que no puede ya expulsarse a sí mismo. Y también que no puede ya “encadenarse”, lo que, en el fondo, es lo mismo. Como sus días están contados, Satán los aprovecha al máximo y, muy literalmente, se desencadena.

[…]

Jesús distingue dos clases de paz. La primera es la que él propone a la humanidad. Por simples que sean sus reglas, esa paz “sobrepasa el entendimiento humano” por la sencilla razón de que la única paz que conocemos es la tregua de los chivos expiatorios, “la paz tal como la ofrece el mundo”. Es la paz de las potestades y los principados, siempre más o menos “satánica”. Es la paz de la que la revelación evangélica nos priva cada vez más.

Cristo no puede traer a los hombres la paz verdaderamente divina sin privarnos antes de la única paz de que disponemos. Tal es el proceso histórico, por fuerza temible, que estamos viviendo.

En la Epístola a los Tesalonicenses Pablo define lo que retrasa el “desencadenamiento de Satán” como un kathéchon, o, dicho de otra forma, como lo que contiene el Apocalipsis en el doble sentido de la palabra señalado por J.-P. Dupuy: encerrar en sí mismo y retener dentro de ciertos límites.






Recepción de René Girard en la Academia Francesa (Diciembre de 2006).
[Fuente: Foto de Rosemary Hamerton-Kelly en Imation.org]

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lunes, 23 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (V)

Con Castellani hemos visto una hipótesis sobre el dominio del demonio sobre este mundo, en términos más bien generales.

Veamos ahora, de la mano nuevamente de Canals Vidal, la forma en que ese dominio se ejerce sobre el mundo "político":

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.”

Las Sagradas Escrituras tienen un nombre para designar al poder político demoníaco: Babilonia.

En un pasaje de las Enarraciones sobre los salmos, dice san Agustín:

“Existe una cierta ciudad que es llamada Babilonia. Aquella ciudad es la sociedad de todos los hombres perdidos desde el Oriente hasta el Occidente. Ésta tiene el reino terreno y, según esta ciudad, podemos hablar de cierta república que ahora veis envejecer y morir (se refiere al Imperio Romano). Esta ciudad terrena fue nuestra primera madre, en ella nacimos. Pero hemos conocido a otro Padre, a Dios, y hemos abandonado el diablo; por tanto, siendo ciudadanos de la ciudad terrena, éramos hijos de Satanás. Pues, ¿cuándo se atreverá a acercarse a aquéllos que han sido acogidos por el que supera todas las cosas? (se refiere a que el demonio no se atreverá con nosotros). Hemos conocido a otra madre—la Jerusalén celeste—que es la Santa Iglesia, cuya población peregrina en la tierra, y hemos abandonado a Babilonia.” [San Agustín, Enarrationes in psalmos, 2ª Enarración sobre el Salmo 26.]

Este texto, clásico en la manera de entender la palabra Babilonia, es un caso típico de acomodación moral, muy legítimo, fundado en el sentido del Apocalipsis, de los profetas y en general de todos los libros bíblicos. Sin embargo tenemos que preguntarnos si este sentido es previo o presupone otro sentido más propio en el Apocalipsis en el que se habla muy extensamente de Babilonia. Ciertamente el texto de san Agustín está inspirado en el Apocalipsis. Pero debemos precisar—según la doctrina de los significados del lenguaje bíblico que ha recordado el Catecismo de la Iglesia Católica—el sentido del término Babilonia.

[…]

Si nos preguntamos por Babilonia, nos encontraremos con varios significados. En los libros históricos del Antiguo Testamento, y en las narraciones históricas contenidas en los profetas, cuando se dice “Reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia” (2 Re. 25,1) o “La conquista de Jerusalén y la deportación de los judíos a Babilonia” (2 Re. 24,10 y ss.), Babilonia es la ciudad que fue capital del Imperio; es la ciudad donde estuvo cautivo durante setenta años el pueblo de Israel y que había sido, mucho antes, la capital del Imperio de Acad, la tierra en la que Abraham fue llamado. Éste es el primer significado histórico de Babilonia.

Conviene ahora preguntarse por el significado de Babilonia en el Apocalipsis. Que el término está tomado de la Babilonia histórica es evidente. Pero en el Apocalipsis, libro profético muy claro—más de lo que se suele creer—, en un momento se habla de “la ciudad que espiritualmente podemos llamar Sodoma y Egipto, la ciudad en que su Señor fue crucificado”. Esto no presenta ningún problema interpretativo: la ciudad en que su Señor fue crucificado es Jerusalén. Y, en el mismo Apocalipsis, se dice que espiritualmente se la llama Sodoma y Egipto. Texto que encierra un tremendo juicio, porque a Jerusalén se le da el nombre de Egipto, aquel país en que estuvo esclavizado el pueblo de Israel, y de Sodoma, la ciudad de la corrupción moral. Por tanto, aquí tenemos un claro fundamento literal de un significado alegórico. Lo mismo sucederá con Babilonia.

Ahora podemos cuestionarnos algo más. Está muy claro que Babilonia, en el Apocalipsis, ya no nombra la ciudad del Eufrates, sino que con este nombre—así como con Sodoma y Egipto—significa una realidad contemporánea de los últimos tiempos de la Iglesia, como dice el Señor: “El Espíritu Santo os anunciará lo venidero.” Entonces, ¿qué significa Babilonia, reconociendo que Babilonia literalmente sería la ciudad histórica, y que espiritualmente, en el Apocalipsis, se aplica a otra realidad? ¿Acaso se puede explicar diciendo que este nombre de Babilonia significa la sociedad de los impíos extendida desde Oriente a Occidente, aquella que edifica los reinos terrenos con su orgullo, la ciudad terrena en la que se instala el poder humano y la soberbia se enfrenta a Dios? ¿Quedaríamos satisfechos simplemente tomando el término Babilonia no en sentido histórico, sino en sentido espiritual-moral? No, y a pesar de que san Agustín recurre a este sentido moral, no estaríamos interpretando el texto del Apocalipsis adecuadamente.

[…]

…El uso moral del término Babilonia no nos autoriza a movernos en la vaguedad de lo no concreto, corriendo el riesgo de perder la orientación y el discernimiento de espíritus que encontramos en el lenguaje del Apocalipsis, siempre que lo leamos con respeto a la inspiración divina y a la tradición eclesiástica; una tradición que es mucho más rica de lo que se suele pensar.

En el Apocalipsis y en el Nuevo Testamento cuando se habla de Babilonia se refiere a Roma, la ciudad del Tíber, la ciudad en la que san Pedro se instaló, en la que san Pedro y san Pablo murieron martirizados y en la que ha quedado, providencialmente y en forma permanente, la Cátedra apostólica. Ésta es la Ciudad nombrada en el Apocalipsis con el nombre de Babilonia. …

San Pedro, en la Carta Primera, termina diciendo: “Os saluda la Iglesia que está en Babilonia, colegiada con vosotros y Marcos, mi hijo. Saludaos mutuamente con el ósculo de la caridad.” [1 Pet. 5, 12-14]

San Jerónimo, que tradujo al latín un libro de Dídimo de Alejandría sobre el Espíritu Santo, comienza el prólogo a la traducción latina con estas palabras: “Cuando yo residía en Babilonia y vivía bajo el Derecho romano, colono de la meretriz purpurada…” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, T. XXI (Apocalipsis), cap. 17, nº 1, p. 307 (París, 1863)]. Este pasaje lo cita precisamente Cornelio a Lápide para demostrar que Babilonia quiere decir Roma. Y en la carta 151, q. 11, dirigida a Aljasia, le dice: “Según el Apocalipsis de san Juan, en la frente de la meretriz purpurada está escrito un nombre de blasfemia, esto es, la de Roma Eterna.”

Cornelio a Lápide, que escribía a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, comenta al respecto: “El soberbio nombre de eternidad, que es un nombre de divinidad, fue puesto a Roma por los paganos como sus aduladores y la llamaron Roma eterna, Roma divina.” [Cornelio a Lápide, ibid. p. 210.] Hoy nos hemos acostumbrado a llama a Roma la Ciudad Eterna creyendo que hacemos un elogio a la Sede de Pedro; por eso estas palabras nos sorprenden.

En el Apocalipsis, Babilonia es Roma, la ciudad de las siete colinas, la capital del Imperio Romano embriagada de la sangre de los mártires de Jesús: ¡diez persecuciones! Esto estaba tan claro, era tan unánime, que san Jerónimo, en el Comentario a Daniel, hablando del tema y refiriéndose al tiempo en que “el Reino de los romanos será destruido en el tiempo del Anticristo”—ésta es la caída de Babilonia anunciada en el Apocalipsis—, escribe: “Digamos lo que han dicho todos los escritores eclesiásticos. En la consumación del mundo el reino de los romanos será destruido.” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, t. XIII (Profeta Daniel), cap. 7, nº 8, pp. 60-61.]

[…]

El misterio de que la ciudad anti-cristiana sea destruida en odio a Cristo lo comenta así Cornelio a Lápide:

“Esto será muy congruente al genio y al propósito del Anticristo, a saber, que siendo él rey de Jerusalén y de los judíos, en lucha contra Cristo, destruya la metrópoli del Reino y de su Iglesia, es decir, Roma. Pues esto es lo que deseará ardientemente, para que le parezca haber destruido el Reino de Cristo. Luego, como se opone el Anticristo a Cristo, y los judíos a los cristianos, así se opone Jerusalén a Roma: así el Anticristo intentará destruir a Cristo, a los cristianos, a Roma y abolir el Pontificado, como ya lo desean ahora sus precursores calvinistas y otros herejes.” [Cornelio a Lápide, Comentariam in Scripturam Sacram, t. XXI (Apocalipsis), cap. 17, p. 320.]

[...]

…Cornelio a Lápide dice que Babilonia significa Roma, la ciudad donde está el Papado, y les pide a los protestantes que distingan la ciudad de Roma de la Iglesia romana. Profundizando en esta distinción, podríamos decir que el Apocalipsis no describe la Roma cristiana, sino que describe la Roma pagana, ya descristianizada, de forma misteriosa, donde reside todo el misterio de perversidad y de orgullo humano que hay en la apostasía frente a Cristo.

Justo a esta interpretación alegórica Cornelio a Lápide describe la aplicación moral:

“Así, pues, porque Roma, en otro tiempo, persiguió a los Apóstoles y a los Profetas (no a los antiguos y judíos, sino a los de la Ley Nueva, cuales fueron los Apóstoles y sus sucesores) y los fieles y, de nuevo, con su Pontífice en el fin del mundo, los perseguirán, así Dios la destruirá: pues castigará los primitivos pecados de los romanos al haber colmado entonces su medida; por lo que los romanos, entonces, serán más gravemente castigados de lo que lo hubieran sido si no les hubieran precedido los pecados de los antiguos romanos. Pues serán los sucesores de aquellos primeros, y seguidores de ellos, porque aprobarán y alabarán sus crímenes y seguirán lo mismo que habían hecho los paganos. Pues querrán emular los actos y la gloria de César, de Pompeyo, de Trajano, de Decio, de Diocleciano, y todos los antiguos humos de la vieja Roma, y los vanos nombres de los Catones, como ya ahora vemos a algunos gloriarse y alimentarse de estos antiguos humos de la antigua Roma.” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, t. XXI (Apocalipsis), cap. 18, nº 20, p. 330.]

[…]

Y llegamos así hasta la maldición de Babilonia:

“No se oirán más en ti voces de citaristas, ni de músicos, ni de flautistas, ni de trompeta, ni habrá ningún arte en ti, ni habrá voces de rueda de molino, ni luz de lámparas resplandecerán más en ti, ni voz de desposado ni desposada, porque tus mercaderes eran los magnates de la Tierra” (Apoc. 18, 22-23). Ésta es la razón de este castigo sobre la ciudad grande, que es alegóricamente Roma, pagana y descristianizada al fin de los tiempos; y que es moralmente la ciudad que tiene su dominio sobre los reyes de la Tierra, de esta ciudad que descansa sobre muchas aguas, pueblos, naciones y lenguas, la metrópoli cosmopolita.

En la Tierra hay una especie de grandeza humana, universal, de oligarquía constituida por los comerciantes de esta ciudad mundial. Después viene el aleluya por la caída de Roma y el canto por la llegada del Reino de Dios, porque se ha hundido Babilonia.

Y el Apocalipsis acaba: “Bienaventurado el que lee y escucha las palabras de esa profecía. Ay del que le añada o le quite nada.” (Apoc. 22, 18.) Dios nos libre de añadir nada y Dios nos libre de dar permisos a nadie para quitar nada.

Las dos interpretaciones de Babilonia a las que nos hemos referido no son incompatibles. Una, más inmediatamente propuesta por el texto, más autorizada como interpretación de la Biblia, es alegórica y espiritual: que Babilonia es Roma. Otra, moral, muy fundamentada también en el mismo juicio sobre esta ciudad, con la autoridad de san Agustín y el espíritu de san Ignacio: Babilonia es la ciudad del mundo.

Es importante atender también a este sentido moral (con la condición de que no nos movamos en abstracciones y tengamos el valor de hacer surgir este sentido moral del propio texto bíblico y de su significado alegórico) y seguir, en la Escritura, el rastro de por qué esta descripción de Roma está prefigurada con el nombre de Babilonia.

La mujer es la ciudad grande que domina sobre los reyes y los reinos de la Tierra. Sobre su frente está escrito el nombre de blasfemia y está embriagada de la sangre de los mártires de Cristo. Muchas ciudades del mundo moderno están embriagadas de la sangre de los mártires de Cristo. Quien crea que hubiese existido el Imperio británico sin la persecución anticatólica de los siglos XVI y XVII no conoce la historia. El que admira a Londres como capital de la era victoriana, gloriosa entre las dos guerras, sin saber que su grandeza tiene que ver con el martirio de los fieles a la Sede de Pedro en los siglos XVI y XVII, no conoce la historia del surgimiento del poderío británico en el mundo. Hay centenares de mártires ingleses en los altares, además de Tomás Moro y Juan Fisher.

La apocalíptica ciudad grande se asienta sobre la bestia, es decir, sobre los poderes políticos y los Imperios mundiales. Los príncipes de la tierra son los mercaderes de la gran ciudad; se enriquecen en ella por el elevado precio de sus mercancías. El profeta Ezequiel dice: “Multiplicaste tus prostituciones en la tierra del comercio, en Caldea, y tampoco esta vez quedaste harta” (Ez. 16,29). En la gran ciudad se encuentran productos preciosos y lujosos procedentes de todos los países. Pueblos, naciones y lenguas se hallan en la gran ciudad que domina la tierra. (Cf. Ez. 17,14; 27,16; 27,33.)

La ciudad se enriquece no sólo con el comercio de todas las cosas preciosas que atraviesan los mares, cuyos comerciantes tienen sus naves en el mar. Precisamente porque estas palabras de Ezequiel se aplican a Tiro, aparece claro el fundamento de la aplicación moral de la Babilonia que hace san Agustín: “Descenderán de sus tronos todos los príncipes del mar, como has perecido tú; ha sido destruida de los mares la ciudad tan celebrada, la que era poderosa en el mar.” Es constante esta alusión al comercio internacional a través de los mares.

Con esta mujer prostituida, madre de las abominaciones de la tierra, fornican y se corrompen los reyes de la tierra. Esta gran ciudad, según el Apocalipsis, descansa sobre una bestia de siete cabezas que representan siete reyes. Según muchos intérpretes, representa siete reinos o siete poderes. En la interpretación de las visiones de Daniel, hasta hace pocos siglos unánime en el cristianismo, se hablaba del Imperio babilónico, del Imperio persa, del Imperio de Alejandro Magno y sus sucesores, y del Imperio romano como de las cuatro piezas de la estatua de cabeza de oro y pies de hierro y de las cuatro bestias que vienen del mar. [Cf. Daniel 2,7.] En este texto pensaba Cromwell al hablar del quinto reino. Ésta ha sido la interpretación común a luteranos, calvinistas y católicos romanos. En el siglo XX se ha ido abandonando esta interpretación justamente cuando estamos en este tiempo; cuando se está cumpliendo lo que afirmaban los que interpretaban el Apocalipsis de este modo.

[…]

Todos los Estados que no han sido cristianos o que han sido apóstatas (como los contemporáneos) han sido idólatras. Éste es el tema de la teología civil o política de Varrón, por el que se explica gran parte de la polémica en La Ciudad de Dios. Los romanos establecían sus panteones, eran politeísmos políticamente establecidos. Además, Roma se hacía adorar a sí misma y al emperador. Los mártires no se negaban a obedecer a las autoridades civiles, pero se negaban a obedecerles en cuanto se les mandaba como ley del Estado adorar al Emperador y al Imperio. Por ello eran perseguidos, por delito político, y morían mártires.

[…]

Los poderes mundiales están embriagados de la sangre de los mártires y sobre ellos ha descansado la gran ciudad. El poder político orgulloso, no cristiano, ha sido siempre anticristiano. Y ahora lo es también. Descristianiza y hace idolatrar como algo absoluto y definitivo lo humano, mediante un humanismo idolátrico y antiteístico ante el cual sucumbe—como un Molok ante el cual se hacían sacrificios humanos—la existencia reconocida de la persona individual y su libertad de albedrío. La ciudad grande que domina sobre los reyes de la tierra descansa sobre el poder de esta Bestia apocalíptica, que es la potestad antiteocrática, como sostenía el padre Rovira al comentar el Apocalipsis en su tratado De Regno Christi in terris consummato.




Alberto Durero (Albrecht Dürer)
"La mujer de Babilonia"
Apocalypsis cum Figuris
(Nuremberga, 1498)

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miércoles, 4 de agosto de 2010

Preocupación: ¿Mártires latinoamericanos?

Leo recién en el último envío de AICA, agencia semi-oficial de los obispos, la siguiente noticia:

Memoria de los Mártires Latinoamericanos
Néuquen, 4 Ago. 10 (AICA)
Mons. Marcelo Melani

Mons. Marcelo Melani

Con sendas misas los dos obispos de Neuquén celebran hoy la memoria de los Mártires Latinoamericanos. La fecha del 4 de agosto fue elegida por coincidir con el fallecimiento del obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli. “Ante un nuevo 4 de agosto -dice una nota del Equipo Diocesano de Pastoral Social-, junto a nuestros Obispos, no solamente celebramos a nuestros mártires, sino que ante tantas expresiones de muerte, falta de valores, violencias, injusticias sociales, marginación y falta de posibilidades de vida digna para tantos, invitamos a profundizar nuestro compromiso para que cada creyente y cada ser humano de buena voluntad, nos convirtamos en luchadores por la vida, servidores de la verdad, constructores de justicia, sembradores de inclusión social, porque así seremos artesanos de verdadera paz”. El obispo diocesano, monseñor Marcelo Melani presidirá la Eucaristía en memoria de los mártires, a las 19.30 en la parroquia Nuestra Señora de Luján, de la localidad de Centenario. Por su parte el obispo coadjutor, monseñor Virginio Bressanelli SCJ, presidirá la celebración eucarística en memoria de los mártires latinoamericanos a las 19 en la catedral María Auxiliadora.+
Por supuesto que estos "mártires latinoamericanos" no son los mártires de Tlaxcala o los mártires rioplatenses, sino "todos nuestros hermanos y hermanas de nuestra Iglesia y de otros credos que han testimoniado hasta la muerte su compromiso con la vida". ¿En qué consistió ese "compromiso con la vida" que los haría acreedores de las palmas del martirio? Sería el haber sido "luchadores por la vida, servidores de la verdad, constructores de justicia, sembradores de inclusión social", según se desprende del comunicado en el fragmento citado por AICA más arriba.

Veamos quiénes son los integrantes de ese martirologio. Difícil es saberlo. Viendo fotos de las últimas celebraciones, aparecen banderas con el Che Guevara, o alusiones a Camilo Torres. Uno de los grupos que organiza estos "actos" (me niego a llamarlos "misas") son los "Servicios Koinonía", "Un punto de encuentro con la Teología y la Espiritualidad de la Liberación Latinoamericanas". Allí hay un "Martirologio Latinoamericano", donde podemos encontrar a personajes como el Cacique Coronilla (ejecutado durante las Guerras Calchaquíes por traidor a sus juramentos), el cura Mugica (reclutador de Montoneros), el cura Jorge Adur (capellán del "Ejército Montonero" [sic], que lucía con orgullo su rango de capitán), los Palotinos y, por supuesto, el "padre obispo" Angelelli.

Lo que sí sabemos es quién fue Angelelli. Y como dicen que una imagen vale más que mil palabras, aquí dejamos una:


La foto, que se puede agrandar pinchando en ella, es del 8 de noviembre de 1973, y apareció en el diario El Independiente de La Rioja. Para esa fecha, los Montoneros, cuya insignia puede verse detrás del Padre-Obispo, habían secuestrado, torturado y asesinado al Gral. Aramburu, y asesinado en atentados al gremialista José Alonso, al subcomisario Sandoval, al político liberal Roberto Uzal, al comandante de Gendarmería Agarotti, al sindicalista Kloostermann, al empleado de Ford Giovanelli, el teniente 1º Cativa Tolosa y al sindicalista Rucci, además de bombas en facultades de la UBA (Derecho, Medicina, Odontología) y el Colegio Nacional de Rosario. Sin contar numerosos secuestros y robos a bancos y dependencias estatales, y la participación destacada del grupo terrorista en la llamada “masacre de Ezeiza”.

Angelelli falleció como consecuencia de un confuso incidente de tránsito ocurrido en una larga recta cuando retornaba a la ciudad capital de La Rioja desde Chamical, luego de participar del novenario de los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville. Según los testigos, como era su costumbre, Angelelli había tomado abundante vino junto al asado posterior a la celebración, hasta estar "machadito" (alegre).

Es preocupante que el obispo de Neuquén y su sucesor "celebren" a tamaño personaje. Es preocupante que el Card. Bergoglio haya mandado varias veces "recordar" en Misa a los "mártires palotinos" o que haya participado en "actos" en memoria de Mugica.

Desde que la Santa Sede admitió causas de martirio distintas al odium fidei tradicionalmente exigido (como los casos de Santa Benedicta de la Cruz y San Maximiliano María Kolbe, quienes tenían méritos suficientes para ser canonizados sin recurrir a esta triquiñuela), se abrió la caja de pandora...

Estamos viviendo en plena operación de "reconstrucción" de la memoria histórica desde dentro de la Iglesia. Preparémonos un día para ver a Camilo Torres en los altares, con su barba y su boina, fusil en mano. Preparémonos un día para ser fusilados por curas bolcheviques, cumpliendo la profecía de Bernanos...


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lunes, 2 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (IV)

Turno de Castellani:

El diablo es el autor de la “mecanización” del mundo moderno; y eso no por puro gusto de embromar, sino porque lo tiene en la sangre; “le viene de naturá”, como a Carmen Amaya la danza. El diablo es el que quiere hacer vivir a toda criatura su propia existencia, “vivir su vida” como dicen las huaynas de Buenos Aires. Víctor Hugo vio bien, que el diablo y Dios están unidos en la paternidad; porque el diablo ayudó a Dios en la creación de lo terrestre.

Atención, entendámonos bien; que aquí oigo un grito de “¡maniqueo!” que me ha lanzado el canónigo teologal.

Dios es el Creador, desde luego; Dios no puede comunicar a ninguna creatura el poder de crear “ex-nihilo”; ni siquiera puede servirse de ninguna como instrumento para la instantánea operación creativa —demuestran sabiamente los canónigos teologales. Pero Dios creó a Satán al mismo tiempo que el universo material, y en una misteriosa (para nosotros indescifrable) afinidad con él. “Creavit cuncta símul”. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, dice el Berehim; el cielo es la creación espiritual, la tierra con su firmamento, que “no es cielo ni es azul, lástima grande”… es el universo material. Entonces comenzó el “tiempo”.

¿Quién es Satán? Los Padres latinos creyeron que era uno de los ángeles de la jerarquía ínfima; mas los Padres griegos enseñaron con más congruencia que fue (y es) el Arcángel prepuesto al gobierno del Universo, el que mueve las inmensas ruedas de los astros y atiza la evolución de lo viviente; y lo sacan del título que le dio Cristo de “Príncipe de este mundo”; y de la 3ª tentación en la cual Satán le ofrendó el gobierno de este mundo y Cristo no le respondió: “Embustero, no puedes dar eso”;… y de otras palabras de la Escritura. El pecado no destruye la naturaleza sino la gracia; si un pecador es por naturaleza gobernador de este mundo, queda gobernador después del pecado. Si un hombre de talento peca, no por eso pierde de golpe el talento de que abusa. Si un hombre sano peca, no por eso va a perder la salud; aunque eso ya no es tan seguro, sobre todo con estas pestilencias asquerosas que hay hoy día, como la dispepsia y la adiposidad. De modo que si Satán fue desde “el principio” gobernador de este mundo (y eso en un espíritu no puede ser accidente externo sino natura) permanece siéndolo.

Dios creó a Satán y al mundo junto y con una arcana afinidad entrambos. Si un ángel puede mover la materia, es que tiene una habitud natural con ella (como un hombre no puede mover nada sino por algún contacto, ni el alma puede mover al cuerpo si no lo informa); es porque está en ella, pero no con un estar espacial, sino sustancial. El medio con que el ángel mueve lo material, creen los Santos que es el éter. De ahí que la bomba atómica y esto que llaman ahora “desintegración de la materia” creen los santos, que es invención angélica: que un ángel (y no el bueno a osadas) es el que dio al hombre la entrada a la secreta morada de los espíritus, que es el éter: no la morada espacial, seguro, los ángeles no tienen extensión, caro canónigo; sino la morada “habitudinal”, el “dominio”, como si dijéramos. Santo Tomás tiene dos extraños artículos en la Summa en que se pregunta: “¿Es el Cielo Empíreo el lugar de los ángeles?” y “¿Habitan los demonios el aire fuliginoso?” Por esas dos expresiones entiende Santo Tomás el “éter”; y la idea está sacada de un texto de San Pablo (Ephes. II, 2) y de una afirmación persistente de los antiguos, que está incluso en Aristóteles y en el Timeo de Platón.

El modo como el ángel está en la materia, eso es lo que nadie puede ni podrá explicar claro. La comparación más cercana que podemos excogitar es la disposición del artista para con su materia: no está unido a ella materialmente, por supuesto; pero lo está “habitudinalmente”. No ve solamente el mármol, la madera o los colores como nosotros, sino que los “intuye”, los ve por dentro; como puede usted cerciorarse, caro amigo, leyendo los dos excelentes libros de filosofía del arte de Diego F. Pro: El escultor Lorenzo Domínguez y Conversaciones con el pintor Bernareggi, editados por la Universidad de Tucumán. El escultor piensa en términos de volumen, masa, proporción y hueco, y no en silogismos como nosotros. El pintor discurre (o mejor dicho no discurre sino entiende) en términos de cuadros, composición, valores, tonos, luces y sombras. Por eso es tan difícil (y no se lo aconsejo a nadie) o mejor dicho imposible (imposible relativamente) discutir con un artista. El artista discurre en cuadros vivos. Quiero decir que entre el artista y su materia —su materia ideal, por decirlo así— existe una afinidad natural intrínseca, como si ella fuese una prolongación de sus manos. Lugones me contó que en la concepción de algunas de sus poesías, las rimas, lejos de serle una dificultad, era lo primero que le aparecía: en los Romances de Río Seco. No antes ni después, sino junto con la “idea”.

Dios “creó todas las cosas juntas”, dice la Escritura, y por cierto a pares, “cosa contra cosa”; es decir, “rimadas”: varón y mujer, cielo y tierra, natura y gracia. Y, sin embargo, dice también la Escritura que las creó en siete etapas; y la mujer después del varón. San Agustín concilia estos dos lugares diciendo que Dios creó todo de una vez; mas puso en el caos una fuerza de diferenciación que desarrolló el Cosmos en 6 etapas: la famosa “evolución” de los modernos. Esa fuerza fue Satán, el artista, que entonces no era todavía Satán (que significa “El Adversario”) sino Lucífero, que significa el “Portaluz”; puesto que la Escritura dice que “estaba con Dios en el Principio de sus Caminos”: esos largos e intrincados caminos que presintieron Cuvier y Lamarck.

Dios es el autor; pero Lucifer, si no es el soplo, es el soplador. Es el apuntalador, él tiene el libreto. El chufla (o digamos chifla) al interior de la creación el mismo soplo que él recibió directamente de la boca divina —excepto el hombre— en el cual “Dios sopló” —dice el libro del Berehim. Él invita a las criaturas a existir de su propia existencia. Las tienta con una tentación irresistible, con el ejemplo de su propio éxito. Inocente todavía, es ya malicioso como un mono, sutil como una culebra. Habiendo sido “inspirado”, es el inspirador. Los mundos, los eones y los siglos se deshojan desde sus dedos. Vuelve una tras otra, sorprendido, pero al punto comprensivo, y ya en el ajo de todo, las páginas de los seis “yôms”.

Desde el serafín hasta el gusano (¡qué suma inmensa de alusiones y confrontes!) todo se desarrolla en orden y jerarquía perfecta, tan perfecta que nadie debe tocarla. Ya está: nadie lo toque: ni Dios, exclama el Dueño de este Mundo. ¿Qué es eso del milagro; es decir, la excepción, el capricho, el disloque, el “desorden”? El arcángel siente los celos del artista respecto de su obra —del artista menor, el que no está por encima de su obra, sino adentro. ¿Qué es eso de crear un hombre, y juntarlo nada menos que a una persona divina? ¿Dónde se ha visto tal cosa? ¿Qué es eso de crear una mujer que sea ¡horror! madre de Dios? Nequáquam. Nom serviam.

Pobre diablo. Se apropió la obra de Dios y la ordenó a sí mismo, siendo el encargado de hacer marchar el mundo; mas no por eso dejó de hacerlo marchar. No “a latigazos” como dice Andreief, sino desde adentro, con su poder de crítico y “diferenciador”, con el ácido de la Discordia, “que es la madre de todas las cosas”, dijo Heráclito. Así como Dios tiende a reunir todas las cosas en la unidad, a “recapitular”, Satán tiende a diferenciar. Es el ser del cambio, el dueño del tiempo, el motor de la “evolución”, el “elán vital”, el pregonero de las modas, el patrón del Progreso Indefinido. Evolución, revolución, contrarrevolución, recontrarrevolución, destrucción, reedificiación… ¡Cambiad, mortales, cambiad, cambiad; porque yo no tengo reposo sino en el cambio, en el Devenir! Todo está en todo, y Todo es todo: el bien y el mal, la natura y la gracia, el sabio y el ignorante, Cristo y Sócrates, el arzobispo y el descamisado! ¡Yo soy el gran Todo de Fichte, Schelling y Hegel!


El Bien y el Mal en su fondo

Son uno en eterno abismo—

El Ser y No-Ser lo mismo

Son uno en abismo hondo—

El Universo es redondo

No hay en él cruce ni cruz—

Alma del mundo es Jesús

Que un cuerpo etéreo evidencia—

Y todo eso es mi conciencia

Que es Inextinguible Luz.

El mundo de hoy (el mundo, no la Iglesia) está despartido en dos grandes partes (y por fin llegamos aquí a Dinámica Social) que andan queriendo chocar entre sí; una de ellas arbola como estandarte el “Progreso Técnico” y la otra la “Justicia Social”— y parecen del todo contrapuestas o irreconciliables entre sí, aunque se hunda el mundo. Pero ambas concuerdan en una cosa, que es su odio a la Tradición; la Tradición que representa (en cuanto es posible en el hombre) no el cambio sino lo que permanece. Las dos partes en conflicto quieren cambiar y cambiar; hacer cambios, apresurar el cambio, precipitar el cambio (progreso llaman a eso) y llegar al gran Cambio, que haga de este valle de abrojos un edén, con solas las fuerzas del hombre. Y para eso las dos partes se sirven como instrumento de la mecanización de la sociedad y el universo, que llaman tecnocracia y es tecnolatría. Es la “réussite” más grande que ha tenido Satán en todas las edades: la materialización de lo vital, lo viviente sometido a la máquina: y la máquina al servicio del Dinero, concreción metálica del trabajo y el afán humano, el Ídolo duro que Moisés hizo pedazos y mandó pasar a cuchillo a sus adoradores… ¡Cómo ha cambiado también Moisés con el tiempo!

La materia es mecánica y se somete a la mecánica: el espíritu no es mecánico; él “sopla donde quiere y no sabes de dónde viene ni adónde va”. El diablo no tiene poder sino sobre la materia, pero hay que reconocer que ese poder hoy día no le ha sido negado; y que el espíritu gime oprimido hasta la sangre bajo ese poder.

Los poetas no tienen idea de ese poder; y por eso se la toman con Satán un poco a la ligera, le tienen lástima, y lo quieren “redimir”: Hugo, Vigny, Papini… Ya te van a dar redimir. Les podíamos decir, así medio en broma medio en veras:


“—¡Oh poeta! ¿Qué has hecho de Satán?

¿Qué has hecho del Lucero de la Mañana, de la Criatura Primogénita, del Principio de las Vías, del Carbunclo Primigenio, del Príncipe de este mundo, del Fuerte Armado, del Hijo del Amanecer?

¿Qué has hecho del Fulmen de Dios, que le bastaría tocarte para hacerte polvo; qué digo tocarte, solamente soplarte; más aún, con sólo mirarte?

¿Qué has hecho del gran Embustero, del que fue homicida desde el principio, del Acusador, del Crítico, del Domador, de la Serpiente Antigua, del Dragón Rojo, del refulgente Arcángel del Exterminio?

¿Qué has hecho de Abbadón, de la llama inteligente y pérfida, de la piedra preciosa, del aire de las tormentas?

¿Qué has hecho del Rey de las Serpientes y el Emperador de los Mosquitos, del León Rugiente Circundante, del gran Perro Encadenado?

¿Qué has hecho del Emperador del Doloroso Reino? ¿Qué has hecho de él?

—¡Oh teólogo! Lo he matado para hacer metáforas para mis poemas.

—Pues sepa Ud. que no es disculpa…”

Esto se nos ocurrió acerca del Satán de Papini. Satán ha muerto (eso se cree el mundo) en el mundo moderno; y los poetas no temen ya hacer con sus carnes longanizas de metáforas, como las que hemos hecho arriba. Hacen mitología con él.

Los que no creen en su existencia, pueden tomar todo esto como mitología. De cualquier forma, Satán está todavía dentro del pensamiento occidental, y no hay sin él poesía ni filosofía. Carducci y Baudelaire le han escrito himnos, Rafael Obligado lo pintó como el simpático Dios del Progreso; y grandes sistemas filosóficos, como el de Carlos Marx y Heidegger, lo ponen implícitamente como un Absoluto, pues maniqueamente hacen del Mal el principio último de todas las cosas.

Y el Mal, por más poder que tenga, no es el principio último de todas las cosas.

Leonardo Castellani, “Papé Satán, Papé Satán Aleppe”, en Dinámica Social, nº 41 (Enero de 1954). Recopilado en Notas a caballo de un país en crisis, con “Estudio Preliminar” de Bernardino Montejano (Buenos Aires: Dictio, 1974).





Duccio di Buoninsegna (1255/60–1318/9)
"La tentación de Cristo en la montaña"
(témpera y oro sobre madera),
fragmento de "La Maestà" que adornó el altar mayor de la Catedral de Siena hasta el siglo XVIII en que fue desmantelado. Este fragmento se encuentra actualmente en The Frick Collection (Nueva York, Estados Unidos)

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